Ciencia argentina, proyección al futuro

La calidad de los centros de enseñanza e investigación ha permitido que la tradición científica mantenga su prestigio, y se proyecte con renovados desafíos.


La cooperación internacional también se da en un nivel de ciencia básica.

La ciencia en la Argentina tiene un pasado que excede incluso la enumeración de sus tres premios Nobel científicos (Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein).

La calidad de sus centros de enseñanza e investigación ha permitido que la tradición científica local mantenga su prestigio y se proyecte con renovados desafíos bajo el impulso rector del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.

A las arquetípicas escuelas de investigación médica y bioquímica, se le suma la aptitud para llevar a la investigación de punta a áreas como la nanotecnología y el software. A esos dos campos, se suma ahora la biotecnología moderna que, aplicada a la obtención de bienes y servicios o al mejoramiento de procesos productivos, goza de beneficios impositivos y exenciones varias por parte del Estado.

El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (conocido como Conicet) ha comenzado en el último lustro a firmar acuerdos con empresas privadas de base tecnológica, con sueldos de científicos pagados por mitades, en general. El Conicet, sin dudas, sigue estructurando a la ciencia nacional. Su carrera de investigador, planteada en cinco categorías (asistente, adjunto, independiente, principal, superior), sus técnicos asistentes y su sistema de becas conforman un conglomerado de unos 10.000 científicos en su seno. Otro brazo importante de la ciencia argentina es la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica que desde hace diez años financia proyectos, mayormente a través de créditos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Biotecnología
El campo de la biotecnología muestra tal vez uno de los ejemplos más luminosos del aprovechamiento de oportunidades en nichos de investigación. En un año tan complicado para la vida institucional del país como 2002, se anunció el nacimiento de las primeras terneras clonadas y transgénicas. Fue el fruto de un trabajo coordinado por científicos de la Facultad de Agronomía de la UBA, el INTA, el Conicet y del laboratorio Biosidus. La incorporación de un gen que no pertenece al acervo bovino tiene la finalidad de que a la hora de producir leche, ésta tenga un valor agregado farmacéutico, particularmente la posibilidad de producir la hormona de crecimiento humano. La “granja farmacéutica”, tal como fue bautizada, produjo otra noticia en 2007 al crear la primera vaca transgénica capaz de producir insulina humana. En la actualidad, esa hormona es clave en el tratamiento de un tipo de diabetes, sumado a que hasta el momento las que se consumen en el país son importadas.

El caso de Biosidus es remarcable. Se trata de una empresa privada que ha decidido como parte de su estrategia dedicarse a la investigación y al desarrollo, en resumen a la innovación. Entre sus actividades científicas se cuenta el desarrollo de proteínas recombinantes en bacterias, su investigación clínica, sistemas de liberación controlada de macromoléculas y de biotecnología vegetal (resistencia a virus y a herbicidas).

Pero no es todo en cuanto a la investigación científica nacional; más bien, apenas se trata de una parte minúscula. Una de las razones del resurgir económico nacional después de la crisis del 2001/2002 tuvo que ver con la adaptación por parte de los productores agropecuarios de semillas transgénicas, especialmente la soja, cuyo valor en el mercado internacional experimentó una importante alza. Es uno de los cinco países que más superficie de tierra han destinado a ese tipo de cultivo y los productores rurales muestran dinamismo a la hora de elegir con qué plantar y apuestan a la innovación. En ese sentido, la actividad del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) resulta clave; sobre todo cuando se logra trabajar en colaboración con las distintas facultades de agronomía de las universidades (INTA también tiene convenios con el Conicet, el Ministerio de Ciencia y el INTI, entre otros entes). El monitoreo de cómo reaccionan suelos, animales y vegetales a las nuevas condiciones es todo un desafío para los científicos del rubro.

El Polo Biotecnológico de Rosario, en construcción desde 2004, promete ser uno de los más importantes de América latina, por el nivel de inversión que se está desarrollando desde hace años y por ser esa ciudad de la provincia de Santa Fe una de las que más prosperidad ha visto en los últimos años. Allí funcionará el Centro Binacional Argentino-Español de Genómica Vegetal (Cebigeve) y el Instituto de Agrobiotecnología Rosario (Indear); se espera que numerosas firmas extranjeras también inviertan en él. Precisamente, de Rosario es la paradigmática empresa Bioceres, formada por la unión de más de una centena de productores agropecuarios que buscan financiar proyectos de investigación y desarrollo para vincular a la ciencia con la producción.

Nanotecnología
Por su parte, la nanotecnología está llamada a ser, según algunos analistas, el eje de la próxima revolución industrial. Se trata de la manipulación de los materiales a un nivel invisible para el ojo humano. Moverá, se calcula, miles de millones de dólares en menos de una década y es la apuesta fuerte de sectores como el textil, el electrónico y el de cosméticos, entre otros.

Actualmente existen cuatro redes argentinas de nanotecnología, en las que investigan 200 científicos, la mayoría pertenecientes a la carrera de investigador del Conicet. Lo interesante es que las investigaciones en esta área son cooperativas y multicéntricas, incluso más que otras ciencias promedio (que ya lo son). En ese sentido, es importante la participación de nanotecnólogos argentinos en el centro binacional y virtual establecido con el Brasil, tanto como dentro del NanoForumEULA, que reúne a Europa y Latinoamérica. El Instituto Balseiro, de Bariloche, la Comisión Nacional de Energía Atómica y la UBA, son lugares esenciales para la formación de nanocientíficos.

Una de las aproximadamente veinte empresas nacionales dedicadas al desarrollo es Nanotek. Ubicada en la provincia de Santa Fe, tiene un producto ya patentado, cuya función es limpiar aguas contaminadas con metales pesados (que también se está probando contra el contaminante conocido como PCB), y está integrada a la Red Argentina de Nanociencia y Nanotecnología (donde participan el propio Balseiro, la CNEA y dos institutos del Conicet, como Inquimae e Inifta).

Asimismo, en 2005 fue creada, en el seno del Ministerio de Economía, la Fundación Argentina de Nanotecnología cuyo objetivo es sentar las bases para la promoción de la infraestructura humana y técnica en este campo, para generar valor agregado a la producción nacional.

También se ha creado el Centro Interdisciplinario de Nanociencia y Nanotecnología (CINN), financiado por cuatro compañías: la ya mencionada Nanotek, más Tenaris y las productoras de químicos Darmex y B&W, junto a INVAP, una sociedad del estado de la provincia de Río Negro. Tiene un presupuesto de alrededor de US$ 4 millones durante cuatro años para instrumental, proyectos industriales y la financiación de una beca posdoctoral, además de la repatriación de 12 científicos jóvenes y la culminación de 60 doctorados.

Tenaris, una de las empresas mencionadas como interesadas en el desarrollo nanotecnológico, ha firmado un acuerdo con el Conicet mediante el cual se compromete a crear puestos de trabajo para investigadores ya formados o en formación. Es un ejemplo de la permanente búsqueda de articulación entre los sectores productivos y científicos tan ponderada.

Software y a los servicios informáticos
En tanto, el desarrollo de los programas nacionales de computación, o software, también se muestra como un sector altamente dinámico. Entre 2002 y 2006 las empresas dedicadas al software y a los servicios informáticos se duplicaron: de unas 500 se pasó a más de 1.000 registradas. Además, se triplicó el número de trabajadores, de unos 15.000 a casi 47.000 que trabajaban en el sector en 2007. Y todo indica que la tendencia alcista no disminuirá. Las exportaciones crecieron un 400%. Uno de los rubros más importantes es la creación de videojuegos, utilizables para consolas, Internet e incluso celulares, que usan una amplísima variedad de profesiones en su desarrollo, que va desde programadores a diseñadores, incluyendo profesiones aparentemente alejadas como la música. Por poner un ejemplo, grandes cadenas de televisión extranjeras contratan los servicios de una empresa argentina (MP Advanced) que diseña juegos para promocionar sus programas más populares.

Casi toda la producción de software, el 90%, está concentrada en la Capital Federal, su conurbano y en la provincia de Santa Fe, pero se han dado promisorios desarrollos puntuales en Córdoba, Mendoza y el interior bonaerense. Según datos de 2006, los principales compradores de software argentino son Venezuela con el 16% y Estados Unidos y Chile con un 11%, aunque la importancia del mercado interno sigue siendo alta: un 80%.

Lo interesante, además, es que el campo del software y de los servicios informáticos se vincula de un modo muy estrecho con el de otros desarrollos científico-tecnológicos nacionales: su aporte es imprescindible, entre otras muchísimas áreas, para la industria, la biotecnología y la medicina. De modo que todo se interrelaciona y se intervincula.

Tecnología argentina para el mundo
Pero los anteriores no son los únicos casos en los que la Argentina aprovecha nichos en el mercado mundial para insertar productos con alto valor agregado y que suponen grandes esfuerzos de inversión y recursos humanos. En junio de 2000 la empresa INVAP logró ganar una licitación internacional, imponiéndose a empresas especializadas de países como Canadá, Alemania y Francia. Se trata de un reactor de 20 megavatios de potencia, vendido en cerca de US$ 200 millones. En la construcción participaron alrededor de 200 técnicos e ingenieros nacionales, incluyendo una cantidad de cinco científicos que se quedan en aquel país de Oceanía para supervisar su normal funcionamiento durante los dos años de garantía. El reactor comenzó a funcionar en agosto de 2006.

El reactor bautizado "OPAL" es utilizado para la investigación científica en los campos de la salud, el medio ambiente y la industria y para la producción de radioisótopos con fines medicinales, abasteciendo a Australia, Nueva Zelanda y el mercado del sudeste asiático.

La venta tiene el plus de haberse realizado a un país considerado del Primer Mundo, aunque sin tradición nuclear. La Argentina, siempre a través de Invap, ya había realizado antes ventas a países en vías de desarrollo como Argelia (en 1989, un reactor nuclear de investigación), Egipto (se entregó en 1998 y en funcionamiento un reactor similar al vendido a Australia, por US$ 90 millones), y Libia (donde se reparó un reactor de baja potencia construido por la Unión Soviética).

INVAP también se dedica a la construcción de satélites. Tres son los aparatos de este tipo ya construidos por la Argentina y pertenecen al proyecto SAC (Satélites de Aplicaciones Científicas). El primero fue el SAC-A, puesto en órbita en 1998, y cuya misión fundamental era probar la tecnología argentina. Los otros son el SAC-B, que estudia los rayos solares, y el SAC-C, para estudios medioambientales, y aún están en órbita. Está previsto para el 25 de mayo de 2010, conmemoración del Bicentenario nacional, el lanzamiento del SAC-D, para detectar salinidad de los océanos y recabar otros datos acerca del cambio climático. Los lanzamientos son realizados en colaboración con la agencia espacial de los Estados Unidos, NASA. También está en desarrollo un satélite geoestacionario, a cargo de la propia INVAP y la empresa estatal AR-SAT.


http://www.argentina.ar

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